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sábado, 11 de agosto de 2012

Gay Langland

Gay Langland, el personaje que interpretaba Clark Gable en Vidas rebeldes (The Misfits), fue uno de los tipos que mejor describió el desamparo, la soledad, el miedo y la tristeza con que vivía Marilyn Monroe. "¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?" le dice a Roslyn Taber, último papel de la actriz. "Pues todo el mundo piensa que soy muy alegre", responde ella. "Eso es porque cualquier hombre se siente feliz al mirarte".

Era, no solo el final de una emocionante historia, el broche de oro a las carreras de ambos actores, sino, además y, sobre todo, la explicación pública de por qué nadie percibía la desesperanza y el cansancio que acompañaban a Marilyn Monroe, una declaración del que fue su marido, el dramaturgo Arthur Miller, quien era el guionista de la película de Huston.

El gran público no podía imaginar en aquel 1961 que, 19 meses más tarde, la rubia platino, la mujer que deslumbraba a hombres de todo el mundo, iba a poner fin a su vida. La fama y la fascinación crearon a su alrededor una coraza densa, opaca y oscura, tras la que se agazapaba una mujer completa y radicalmente diferente a la que todos veían.

Marilyn Monroe, en realidad, Norma Jeane Mortenson, no era una inconsciente feliz. Era una mujer culta, con centenares de libros en su biblioteca, enamorada de los clásicos, sacudida por un irresistible impulso por escribir y sedienta siempre de nuevos conocimientos. Ni rubia ni tonta. "¡Ay!, maldita sea, me gustaría estar muerta".

En la madrugada del 4 al 5 de agosto, en 1962, Marilyn Monroe se suicidó en su casa de Brantwood, en Los Ángeles, al ingerir un bote entero de Nembutal. Si la placa que adornaba allí la puerta de entrada, con la inscripción "Cursus perficio" (aquí acaba el viaje), podía parecer profética, mucho más lo eran los versos de uno de sus poemas:

Ay maldita sea me gustaría estar
muerta -absolutamente no existente-
-ausente de aquí -de
todas partes pero cómo lo haría.


La actriz más famosa de todos los tiempos encontró -premeditada o involuntariamente- la manera de concluir una vida triste, cargada de alcohol y pastillas, amenazada por un insomnio constante, descontrolada por la inseguridad, el miedo y la necesidad de ser querida y no sentirse abandonada.

Marilyn Monroe estaba muy cansada. Y hasta ese último día, los libros fueron su mejor refugio.

Todo está en esos escritos, el temor, el desasosiego, la inseguridad, el desequilibrio, la aflicción profunda, el abandono, el aislamiento. No son palabras exquisitamente elaboradas, pero no hay simpleza en ellas, al contrario, contienen un bello lirismo. Son confesiones íntimas en las que pedía amparo, ayuda, socorro. Escritas a mano en cuadernos o en folios de hoteles, con bolígrafo o con lápiz, con una descuidada caligrafía, en esas notas intentaba explicarse a sí misma la dualidad que sufría, las dos personas que era al mismo tiempo.

domingo, 5 de agosto de 2012

Vidas rebeldes

La película está bien, es interesante, Huston era un tipo increíble y con cualquier historieta te hacía una película como muy poco, bastante atractiva e incluso hizo obras maestras siguiendo pautas puramente intuitivas tras aceptar un encargo desesperado porque como casi siempre, andaba falto de dinero o ávido de correrse una aventura diferente.

Pero esta vez, el periplo decadente de sus protagonistas cuenta una historia oculta que conmueve más que la película:

Marilyn Monroe (1926-1962) vivía una de sus peores crisis. Por entonces ya poseía una belleza crepuscular que la hacía mucho más atractiva sexualmente que antes, además de contar con un talento actoral ya muy destacado, pero vivía dando tumbos emocionales que la persiguieron toda la vida y en esta época de su comienzo de madurez física, mucho más. Estaba casada con el dramaturgo de fama internacional Arthur Miller (1915-2005), bastantes años mayor que ella. Era el guionista de esta película. Había problemas con el guión y, sobre todo, con Marilyn, de manera que John Huston le pidió que asistiera al rodaje y supervisara y corrigiera. Pasaban noches muy duras de reescritura y atención psicológica de Marilyn, quien moriría un año después por exceso de barbitúricos.
Clark Gable era el buen padrazo protector, pero a sus 59 estaba muy cascado. La muerte de su adorada primera esposa, Carole Lombard, le marcó los últimos veinte años de vida. Era una relación muy apasionada que sólo duró desde 1939 a 1942, año en que ella murió en un accidente de avión. Gable se casó dos o tres veces después y murió del corazón antes de que esta película se estrenara.

Montgomery Clift sí haría tres películas más, y de las buenas, pero moriría en 1966 con 46 años, tras un complicad cocktail de alcohol y drogas. Siempre se dijo que era alguien de muy buen corazón, atormentado por su tendencia homosexual; fue un protegido de Elizabeth Taylor quien a menudo le sacó de apuros de todo tipo.

Esta es la despedida de tres actores de muy diferente estilo que tras el drama de solitarios del argumento padecían dramas personales muy profundos y tortuoso que acabaron a temprana edad con su vida.

Por todo esto Vidas rebeldes es mucho más que una película: un testamento muy peculiar en el que cada vez que la veo me parece que estas tres personas entrañables que me hicieron pasar tan buenos momentos a lo largo de mi vida, vuelve para hablarme a mí, su querido espectador e intentan decirme algo más, en secreto, algo inconfesable, algo poderosamente interesante que se llevaron a la tumba.