
Una de las cumbres indiscutibles del cine negro, “La jungla de asfalto”
es sin duda uno de los mejores trabajos de un John Huston a veces
discutido, para algunos un director sobrevalorado, pero que sin embargo
cuenta en su más que notable filmografía con algunas de las más
recordadas y valoradas obras maestras que alumbró el cine de los años 40
y 50. Todas las constantes de su cine están presentes en este
extraordinario film, en el que el universo hustoniano cobra una fuerza
inusitada en este historia de perdedores bajo la mirada cómplice y
serena de un Huston entregado.

El soberbio y milimétrico guión de Ben
Maddow y el propio Huston, adaptando una excelente novela de W.R.
Burnett, es un impecable y certero estudio de la condición humana por el
que van desfilando una galería de personajes al borde del abismo,
siempre al limite, sin presente ni futuro -tan queridos por el director,
tan hustoniasnos-, que se mueven entre la corrupción y la degradación
moral, la desesperanza y la amargura, teñido de un halito trágico no
exento de lirismo y marcado por el cruel e implacable fatalismo de un
destino caprichoso del que no podrán escapar. Una puesta en escena
impecable, la magistral dirección de un inspirado John Huston que
imprime a la narración un ritmo sin desmayo y que realiza un primoroso
ejercicio de rigurosa caligrafía en el que destaca la soberbia dirección
de actores -todos ellos excelentes- con especial mención a un gran
Sterling Hayden y a la maravillosa Jean Hagen, la enfática fotografía en
blanco y negro de Harold Rosson de marcado tono expresionista y la
inspirada partitura de Miklos Rozsa elevan “La jungla de asfalto” a la
categoría incontestable de obra maestra del cine.

Film amargo y
pesimista como pocos, trufado de momentos inolvidables, destaca con luz
propia la secuencia final, de un lirismo sobrecogedor, en el que sin
duda es uno de los más hermosos, tristes y bellos finales de la historia
del cine donde un Huston trasgresor subvierte el discurso oficial con
las sublimes e inolvidables imágenes que nos muestra y que se erigen en
demoledora metáfora de la dignidad de los perdedores y de la libertad. El gusto por el buen cine empapa cada fotograma. Ni una sola escena está
filmada de forma rutinaria, cumpliendo. Cada secuencia está cuidada del
modo preciso. Hubo un tiempo en que se sabía narrar con pasión
contenida, que se convertía en precisión. Hubo un tiempo en que el buen
ritmo era el adecuado, no el más rápido. Hubo un tiempo en que los
primeros planos servían para algo.
La unidad formal es una de sus bases. Lo impregna todo. De la mano de
una portentosa fotografía, Huston llena cada plano, ya sea de emoción,
información o belleza; cuando no las tres cosas. Cada movimiento de
cámara, cada encuadre, cada recurso de iluminación se nota estudiado,
porque se ve, porque funciona. El mismo aire se respira en cada
secuencia. Las grandes películas son así: un pequeño mundo bien
construido.
El ritmo, palpitante, tenso, absorbente. Fíjense en la escasez de música. La atmósfera pesa, las miradas hablan.
La construcción del guión, donde nada sobra ni falta. Todo en torno a
una idea que nos cala, no nos machaca. Se nos muestra, no se nos dice.
Se parte de unas bases sólidas (aunque algunas sean arquetípicas no son
menos sólidas por ello) y se llevan a su máxima expresión. Personajes,
acción, personajes, acción. Los diálogos están para algo, aceptando el
liderazgo narrativo de la imagen pero sin perder importancia. Al
contrario, encuentran su lugar volviéndose pieza clave al ser tratados
en su justa medida.
La reconciliación, apasionada, de fondo y forma. Un agradecido puñetazo
en el estómago para los formalistas, una delicia para los cazadores de
historias. Ambos grupos deberían gozar como nunca con esta maravilla.
La elegancia de una puesta en escena que es a un tiempo intensa y
profunda. Una vez más, bajo la técnica jadea la bestia del cine. Está
ahí, ¿no la oyen? ¿no la sienten?
Por supuesto los actores encajan como un guante cada uno en su papel. Hayden parece nacido para interpretar a este personaje.
No me meto en si es cine negro o no. Es CINE. Trasciende los géneros.

Una película que posee la satisfacción orgánica de lo primario y la
sofisticación de lo bien elaborado. Impresiona. Multiplica la cinefilia
de quien la ve.
El cliché es un recurso de vagos, frío, desapasionado. El arquetipo
puede ser la base de un mero cliché o de un gran personaje, si está bien
construido. En esta maravillosa película no tenemos a "el matón", "el
cerebro", "el millonario corrupto"... tenemos a Dix, Doc y Emmerich. Si
los arquetipos fueran malos de por sí, Leone sería el peor director del
mundo. Lo malo es el resultado del arquetipo y el lugar común en su
vertiente sin sangre: el cliché barato.
Si algunas cosas en "La jungla de asfalto" suenan a ya vistas, el
espectador notará que ésta es la versión buena. Porque todo está
cuidado. Hay sinceridad, pasión y profesionalidad detrás de sus
personajes, de sus situaciones.
Un momento de puro cine: mientras Herr Doktor observa con avidez a la
chica que baila despreocupada, la cámara de Huston hipnotiza al
espectador hasta que, con un movimiento preciso hacia la ventana vemos a
los policías escrutando el interior, agazapados. Ese instante, como
otros muchos de esta película, provoca el goce casi físico que sólo el
mejor cine consigue.